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No reducir el consumo de carne es una irresponsabilidad contraria a la evidencia científica

Shutterstock/ESB Professionals

El último revuelo formado en el mundo de la alimentación y salud tiene a la carne como protagonista. La causa de tal controversia es que unos investigadores recomiendan no variar el actual consumo de carne y sus procesados. Esto contradice a las actuales recomendaciones de diversas organizaciones de salud pública, que apuntan a lo contrario, a disminuirlo. ¿Quién tiene razón?

Omisiones y ‘cherry picking’

El origen de este supuesto cambio de paradigma se halla en una reciente guía publicada en la revista Annals of Internal Medicine. Lo expuesto ahí se basa en dos revisiones y tres metaanálisis publicados en ese mismo número.

Hasta aquí nada criticable: un consorcio de científicos ha encontrado nuevas evidencias contrapuestas a las evidencias actuales. Sin embargo, al leer dichas revisiones y metaanálisis es cuando saltan las alarmas.

En primer lugar, en algunos de los metaanálsis se han obviado grandes estudios como PREDIMED, DPP y NIH-AARP Diet and Health Study. Si se hubieran incluido, los efectos encontrados habrían sido mayores. Esto es lo que en jerga científica se denomina cherry picking: escoger estudios que son más favorables a lo que buscas.

Otro punto en su contra es que se compararon grupos donde la variación del consumo de carne fue muy baja. Además, no se tuvo en cuenta qué comió la gente cuando redujo su consumo de carne. No es lo mismo cambiar tu porción de carne por una de verduras que por patatas fritas.

Pero la mayor crítica, y la más obvia, es que analizando los resultados de estos nuevos artículos vemos que un mayor consumo de carne se relacionó con mayores problemas de salud.

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Entonces, ¿a qué se debe el cambio en la recomendación?

Los autores, en su mayoría estadísticos, usaron el método GRADE para evaluar la calidad de la evidencia y encontraron que era de muy baja calidad. En vez de concluir que un consumo moderado de carne podría ser pernicioso, decidieron recomendar no variar el consumo actual, ya que la evidencia a favor era muy débil. Tres de los catorce científicos que formaban parte del consorcio votaron a favor de recomendar una reducción en el consumo de carne.

Además de concluir algo tan irresponsable que puede tener un impacto en la salud de la sociedad, estos científicos yerran al usar la metodología GRADE. Si bien es cierto que se usa con muchos metanálisis de estudios controlados-aleatorizados, no es el método adecuado para evaluar ensayos observacionales (como los que componen la mayor parte de este estudio).

Los expertos recomiendan otros métodos como el HEALM o el usado por el Instituto Americano de Investigación del Cáncer (AICR por sus siglas en inglés).

La evidencia actual

Los estudios proporcionados en la mencionada guía no son desechables. Es información añadida respecto al consumo de carne y salud. No contienen evidencia como para cambiar las recomendaciones actuales, pero sí para que se siga investigando el tema.

Puede ser que el consumo de carne y derivados no sea tan perjudicial para la salud como ahora mismo parece. Probablemente futuros estudios apuntarán hacia esta u otra dirección. Sin embargo, no nos podemos olvidar del impacto medioambiental de la ganadería vacuna, ya que este también influye en nuestra salud.

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Las evidencias actuales son claras y recomiendan disminuir el consumo de carne mundial. Por un lado, la Organización Mundial de la Salud (OMS) ya advirtió de la probable carcinogenicidad de la misma. Por otro, un reciente informe publicado en The Lancet apunta a que la producción animal actual genera un grave problema medioambiental.

A quién hacer caso

Algo debe cambiar en la divulgación científica para que la población deje de desconfiar (y con razón) en todo lo referente a alimentación y salud. Demasiados bulos, intereses y mitos respecto a este tema han hecho que cada vez menos gente confíe en la ciencia para estos temas.

Ya escribí sobre cómo interpretar las recomendaciones nutricionales. Ahora es el momento de entonar el mea culpa y trabajar para que el mensaje que llega a la sociedad no se distorsione. Esto debe empezar por los científicos, pero sin olvidar los medios de comunicación.

Es difícil saber a quién creer entre toda esta vorágine de ciencia de baja calidad y recomendaciones interesadas. Mi recomendación es confiar en las grandes organizaciones, como la OMS y la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria. Ambas trabajan en ámbitos diferentes, pero son confiables. Además, por su estructura, diría que son menos maleables.

The Conversation

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